Doce reglas para vivir, Jordan Peterson


Aunque lo parezca por el título, no se trata de un libro de autoayuda. Comparte con este tipo de literatura el tono imperativo, los ejemplos de la vida real, incluso del propio autor, y la enumeración de reglas, doce en este caso, que deben ayudar al lector en su situación personal. Se le puede oponer que no es posible aconsejar del mismo modo a miles de millones de personas en circunstancias muy variadas. Por otro lado, los consejos son asequibles, en parte evidentes y nada indulgentes con el lector.
No es un tratado para “ser feliz sin esfuerzo”, sino todo lo contrario. A lo largo de todo el libro, que le leído en castellano y he escuchado en alemán, a veces simultáneamente, a veces por separado, Peterson describe el mundo real. Bueno, el mundo occidental real, desde la perspectiva de un psicólogo clínico, que recibe cada día en su consulta a personas con problemas, y que da clases en varias universidades, además de conferencias, seminarios, mesas redondas y mucho más.
La crítica de que ha sido objeto se centra en el modo apodíctico en que presenta determinadas tesis, sobre todo las derivadas de estudios neurológicos y sociológicos, en su apertura frente a una cierta transcendencia (en la que incluye tanto las religiones como tradiciones orientales y, su tema más auténtico, los mitos) y las conclusiones a las que llega, que chocan con el tono relativista que domina los medios de comunicación y con los temas impulsados por grupos de presión, como gender.
En sus explicaciones aparecen tanto textos bíblicos como budistas, tradiciones de los indios canadienses o cuentos como Hansel y Gretel y Pinocho. A partir de puntos de partida tan diversos como el hecho de que la mayoría de los pacientes no se atiene a las prescripciones de sus médicos sobre la medicación, mientras que aplican con rigor los consejos de su veterinario para tratar a su mascota, o la enfermedad sufrida por su propia hija, un tipo específico de artritis juvenil, va desarrollando y fundamentando sus 12 reglas, como antídoto contra el desorden, el caos, que tiende a dominar el mundo siguiendo las leyes de la entropía y que tiende a arrastrarnos a la infelicidad.
Como siempre sucede con estos libros, el lector va desarrollando su propias teorías a lo largo de la lectura, sea rechazando, sea aceptando los argumentos del autor. En cualquier caso, invita a pensar, que no es poco.

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El primer hombre, Albert Camus


¿Qué sentido tiene publicar un manuscrito incompleto y en parte incomprensible de un escritor consagrado como Albert Camus? ¿Y qué sentido tiene publicarlo más de 30 años después de la muerte de su autor? Los herederos del genial escritor francés, que murió solo 3 años después de recibir el premio Nobel, aluden a la polémica existente en su tiempo acerca de la relación de Camus con Sartre. Como es sabido, Camus se distanció públicamente del existencialismo y de la doctrina socialista. Pero, después de leer el libro y los apéndices, no logro comprender este argumento.
La novela consta de una sección claramente autobiográfica, en la que Camus se presenta Como Jacques Cormery, y un buen número de hojas con apuntes, esbozos de diálogos, simples palabras que debían ayudar al autor a completar capítulos o escenas, y dos cartas, que Camus intercambió con su profesor de enseñanza primaria en Argel. La descripción se centra en tres momentos: el nacimiento del joven Jacques en un viñedo cercano a Mondovi, los años de infancia en un suburbio de Argel con su hermano, su madre, su abuela y un hermano de su madre, y un viaje que el protagonista hace al Marne para visitar la tumba de su padre y a continuación a Argel, en los explosivos años 50, para narrar a su madre cómo es la tumba de un hombre que la dejó viuda y con dos hijos en un lugar inhóspito y en la miseria.
La narración lineal está salpicada de ideas y reflexiones sobre el sentido de la vida, sobre la pobreza, sobre la guerra, sobre la pena de muerte, sobre la patria (“Mi padre nunca había visto Francia. La vio y lo mataron.”). La figura de su madre, inculta, trabajadora, resignada a una vida miserable sin plantearse alternativas, ocupa el lugar central en las reflexiones del Cormery adulto.
Tengo que decir que he disfrutado de la lectura. No tanto por lo que sucede, pues es poco, y ya conocía la vida de Camus, sino por el modo de exponer las observaciones de un niño de 13 años, que no duda en afrontar una pelea en el “campo del honor” por no dejar sin castigo el insulto de llamarlo enchufado, y que no se atreve a mentir a un extraño para conseguir un trabajo durante las vacaciones. También los apuntes desordenados de las notas adicionales reflejan la genialidad del escritor francés, pied-noir de tercera generación, que conservó siempre en su interior vivencias asombrosamente nítidas en el particular clima colonial de Argelia. Estas notas recogen reflexiones como la siguiente: “Empezar la última parte con esta imagen: el asno ciego que pacientemente, durante años, da vueltas en la noria, soportando los golpes, la naturaleza feroz, el sol, las moscas, siempre soportando, y de esa lenta marcha en círculo, aparentemente estéril, monótona, dolorosa, el agua brota infatigablemente.” Recomendable como complemento a las demás obras de Camus.

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El último barco, Domingo Villar


La maquinaria publicitaria que ha lanzado este libro es un ejemplo de cómo funciona hoy en día el mundo editorial. El autor lo conoce, conoce el mundo de la prensa y de los medios, y sabe cómo preparar una entrada en el mercado. No quiero con ello quitar mérito al libro, ni mucho menos, pero tengo que reconocer que me ha irritado un poco el peso mediático. Las dos novelas anteriores me gustaron mucho, y este es el motivo por el que me enfrenté a las 700 páginas de la novela.
Los protagonistas son conocidos, especialmente el inspector Leo Caldas, su ayudante Estévez, otros miembros de la comisaría y el locutor de la emisora local que dirige la emisión radiofónica en la que Caldas se enfrenta a las preguntas de radiooyentes. Todo este escenario, con el fondo de la ría de Vigo, sirven de paisaje y de tramoya a una narración que comienza lenta, va acelerando y acaba en una sucesión imprevista de acontecimientos. Las conocidas citas lexicográficas interrumpen como de costumbre la narración a modo de “running gag”. Según el propio autor, cada capítulo tiene una cierta entidad propia. En la práctica, la separación resulta a veces artificial y molesta.
La trama: un prestigioso cirujano acude a la comisaría a denunciar la desaparición de su hija Mónica, de unos 30 años de edad, profesora de cerámica en una escuela local de artes y oficios. A primera vista no parece motivo para iniciar una investigación, pues no hay huellas de violencia. El cirujano hace valer toda su influencia para que se investigue el asunto. A lo largo de muchas páginas van apareciendo personajes que pudieran estar implicados, desde un inglés, fotógrafo aficionado a las aves, hasta los contactos en la Escuela y Camilo, un joven “especial” con dificultades de comunicación que vive cerca de la desaparecida.
Los posibles móviles, la insistencia del cirujano, las dificultades para obtener información objetiva y la intuición del inspector van guiando a bandazos un proceso en el que suceden los sospechosos a un ritmo vertiginoso. Las particularidades de la investigación policial, con el papel de la justicia, el paisaje de la ría de Vigo, el viñedo del padre de Caldas y la supuesta reticencia a la comunicación directa que hace sufrir al aragonés Estévez son otros elementos de una novela en general agradable de leer, pero nada más. El desenlace me parece demasiado forzado.

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Los colores del incendio, Pierre Lemaitre


Pierre Lemaitre ha demostrado con creces su habilidad para montar novelas con personajes insólitos y tramas aventuradas pero, al mismo tiempo, factibles. Esta obra se presenta como segunda entrega de una trilogía sobre la época entreguerras en Francia. La primera es la premiada novela “Nos vemos allá arriba”. En efecto, la trama narrada comienza en 1927 y finaliza en 1936. Se trata, por tanto, de los años de las crisis económicas, de la inestabilidad política, del surgimiento de los fascismos en varios países europeos y de la amenaza del nacionalsocialismo de Hitler. La protagonista de la novela, Madeleine Péricourt, lo expresa así cuando constata que su inquilino se niega a pagarle el alquiler, que ella y su hijo necesitan para sobrevivir: “estos tiempos son especialmente brutales”. Y así es la novela. Brutal, aunque no abunden escenas de violencia. Inmoral en el sentido más amplio de la palabra, pues lleva al lector a identificarse con las fechorías de la protagonista, suavizadas por un tono a veces divertido e incluso grotesco.
Madeleine Péricourt es la hija del presidente de un banco privado. Divorciada, con el ex-marido en prisión y un hijo a su cargo, lleva una vida opulente en una sociedad en crisis. La novela comienza el día del entierro del banquero, que recibe incluso la visita póstuma del Presidente de la República. En medio de la ceremonia, su hijo Paul se tira desde el segundo piso de la mansión, salvando la vida pero quedando hemipléjico. A partir de ahí, la vida de Madeleine da un vuelco a peor. Sus supuestos amigos y protectores comienzan a darle la espalda, al igual que la suerte. En un momento determinado, consciente de la situación en que se encuentra, urde una venganza contra todos aquellos que, a su modo de ver, no la han tratado honradamente.
La novela se lee con gusto desde el punto de vista narrativo. La trama es ágil, con ciertas dosis de intriga, y se desarrolla en una época histórica de gran importancia. Muchas referencias y personas son difíciles de captar para quien carece de conocimientos de estos años. El decorado lo ponen la Alemania de Hitler, los fraudes empresariales y fiscales, el poder de la prensa, la corrupción a todos los niveles, el permisivismo sexual, aunque sin descripciones explícitas, y la hipocresía de toda una sociedad. Puede decirse que de esta depravación y este cinismo no se salva ni el apuntador. En definitiva, nada que no exista ya, en parte, en la primera novela premiada de Lemaitre “Nos vemos allá arriba”.

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Expiación, Ian McEwan


Esta larga obra contiene una novela tradicional inglesa, una apología contra la guerra y una bella descripción del arrepentimiento y la expiación de una joven enfermera, perseguida por los remordimientos tras haber enviado a prisión con su testimonio a un joven inocente. Todo ello en torno a un personaje inolvidable como protagonista, la pequeña Briony Tallis, que de pequeña sueña con ser escritora y al final lo consigue. El libro es, al mismo tiempo, un homenaje a Virginia Woolf y, de algún modo, a Jane Austen.
La primera parte de la novela transcurre en un solo día de verano en la casa solariega de la familia Tallis y es una obra de arte por su densidad y sus personajes. La segunda describe la retirada de las tropas inglesas hacia Dunkerke en el año 1940, con toda su carga de crudeza y desesperación. La tercera nos presenta a Briony trabajando de enfermera en 1940, poco antes de la entrada de Inglaterra en la Segunda Guerra Mundial, y su deseo de expiación. El epílogo nos sitúa de nuevo en una perspectiva elevada, y anciana, con reflexiones acerca de la responsabilidad del autor por sus personajes y por los límites de la expiación por los propios errores.
Muy buena novela, que vale la pena leer con tiempo suficiente.

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Tú no matarás, Julia Navarro


Posguerra en Madrid. Catalina, una chica algo coqueta de buena familia, queda embarazada después de una fiesta en la pradera de San Isidro. Fernando, que la adora en secreto, ha visto cómo ésta se separaba de Marvin, un joven americano ex-combatiente con la República. Un tercer amigo, Eulogio, ve cómo su madre se ve obligada a ceder a las insinuaciones de un tendero, nuevo rico gracias al estraperlo y a sus contactos con el bando vencedor. Cuando el padre de Fernando es fusilado en la cárcel de las Comendadoras, se aceleran los acontecimientos, y los tres jóvenes deciden salir de España. El viaje los lleva a Alejandría y más tarde a París.
Tengo que reconocer que empecé a leer este libro a pesar de las críticas que había leído. El estilo de Julia Navarro, al menos en las obras anteriores, puede resultar cansino. Las historias se largan de forma exagerada, las conversaciones se repiten, no se distingue a los personajes por su forma de expresarse, el contexto histórico no armoniza siempre con la trama literaria, de modo que esta última aparece algo desparramada a lo largo de muchos años.
No faltan tampoco los elementos positivos, como las figuras de Samuel y Sara Wilson, o la de la bailarina Zahra. El lector que consigue superar las páginas y los saltos en el tiempo —especialmente el que convierte a Adela, la hija de la protagonista, de una niña de instituto en una mujer de 36 años, emancipada, con éxito y segura de sí misma— encuentra en la figura de Fernando huellas del Raskolnikov de Dostoyevski. La tozudez de Catalina, que puede poner de los nervios al lector, encuentra un giro interesante al final de la novela, y el tratamiento de la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial es menos estereotípico que en las anteriores novelas de esta autora.
Julia Navarro es de mi generación, y como tal conoce las dos guerras, la anarquía prebélica en España y la represión franquista de oídos y de referencias. Las madres de Catalina y Fernando expresan en las últimas páginas algunas ideas políticas sobre la llamada transición que, probablemente, comparte la autora.
En definitiva, la novela puede resultar atractiva si no se esperan grandes derroches literarios.

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El vendedor de tabaco, Robert Seethaler

Buena novela del autor austríaco Robert Seethaler, que describe el ambiente local en Viena en los años 1937/38, antes y después de la anexión de Austria por parte de la Alemania de Hitler. A diferencia de Alemania, donde el tema de la desnazificación se ha impulsado y asumido por activa y por pasiva, en Austria se ha procurado ignorar este capítulo, incluyendo la aceptación del dominio nazi por parte de muchos grupos en este país. La ideología nazi se impuso en Austria de la noche a la mañana, con toda la fuerza militar que había desarrollado Alemania en 1939, y apoyada por el hecho de que Hitler hubiera nacido en Braunau, una localidad austríaca cercana a la frontera con Alemania.
La novela narra los años de maduración de Franz, un chico de la provincia de Salzkammergut (cerca de Salzburgo), que es enviado por su madre a Viena como aprendiz de una tienda de tabaco y periódicos. Su primer trabajo, su primera salida “del pueblo”, sus primeros amoríos y su primer amigo auténtico, nada menos que Sigmund Freud, marcan la vida de Franz y la trama de la novela, escrita con una prosa directa y ágil. En la versión alemana se aprecia claramente el dialecto austríaco.
Novela sin grandes pretensiones, al igual que otras obras de este autor, pero agradables de leer. La película basada en esta novela explota los aspectos más “comerciales” de la novela, como el militarismo, las insignias nazis, los paisajes alpinos y los escarceos sexuales de Franz con una joven checa que trabaja en un cabaret.

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Silencio, Shusaku Endo

Esta novela, escrita hace unos 50 años por el escritor japonés Shusako Endo, ha sido relanzada y traducida a nuevos idiomas con ocasión de la aparición de la película de Martin Scorsese en el año 2017. Como es habitual, el libro es más intenso y extenso que la película, en la que las impresiones visuales prevalecen sobre los pensamientos y las sensaciones de los protagonistas.
Corre el año 1638. El misionero jesuíta portugués Sebastián Rodríguez llega a Macao junto con otros dos jesuítas para intentar entrar en Japon, que ha cerrado oficialmente sus fronteras y ha prohibido el cristianismo. Además de atender a los cristianos ocultos que todavía permanecen en ese país, en general campesinos humildes explotados por el régimen feudal durante el shogunato, van a intentar localizar al padre Cristóbal Ferreira, antiguo general de la orden en Japón, del que se comenta que apostató y que ha comenzado una nueva vida en Japón. Tras una difícil travesía, Rodríguez y su compañero Garpe consiguen desembarcar en una isla cercana a Nagasaki, en donde entran en contacto con algunos cristianos. Pero esta situación dura poco. Delatado por un cristiano apóstata japonés denominado Kichijiro, Rodríguez es detenido y comienza un largo proceso de interrogatorios y amenazas, en parte sutiles, por parte del gobernador de la provincia. El jesuíta es testigo del martirio de tres de los cristianos que conoció inicialmente, junto con el padre misionero Francisco Garpe. A lo largo de su encarcelamiento, su traslado a la corte del gobernador y las conversaciones con Ferreira, que acude enviado por el gobernador, Rodríguez va perdiendo su fuerza interior y resignándose a que la fe cristiana no eche raíces en Japón. En el libro se dejan abiertas algunas interrogantes, como la apostasía efectiva o solo formal de Rodríguez. Se trata de una novela dura, con dos personas muy diferentes como protagonistas, el padre Rodríguez y Kichijhiro, que trata temas como la firmeza en la fe, la debilidad ante el martirio y las dificultades de la labor misionera. El happy end que se echa de menos en una novela son los “cristianos ocultos”, que soportaron un periodo de dos siglos de aislamiento y que salieron de nuevo a la luz a finales del siglo XIX.

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El existencialista hastiado, Howard Mumma

En el caso, poco probable, que alguien haya leído mis dos últimas entradas en este blog, se habrá dado cuenta de que he releído y reseñado las dos obras más emblemáticas de Camus. El motivo era este tercer libro, aparecido ahora por primera vez en castellano (título original en inglés: Albert Camus and the Minister, 2000). La presentación es muy atractiva: conversaciones de un pastor metodista con uno de los iconos del existencialismo, supuestamente ateo y comunista, que murió con solo 47 años en un accidente de tráfico.
Quienes conozcan algo más que lugares comunes sobre Camus sabrán que, a diferencia de Sartre, el escritor francés del norte de África se distanció oficialmente del “existencialismo” y de la ideología comunista. No obstante, sus escritos destilan un existencialismo peculiar, con tintes muy propios. También es sabido que en los últimos años de su vida se acercó mucho a la religión católica, en la que estaba bautizado, y que en sus conversaciones con intelectuales conocidos como Simone Weil, Sartre y Simone de Beaouvoir asumía posturas contrarias al “ateísmo dogmático”.
Howart Mumma, pastor metodista, ofició en la Iglesia Americana en París durante varios años y en veranos sucesivos en la década de los 50. Durante este tiempo entabló amistad con Albert Camus, que había acudido a la iglesia para escuchar música de órgano.
La primera mitad del libro es una introducción a la vida y obra de Camus. La segunda mitad recoge las anotaciones del pastor protestante sobre sus conversaciones con Camus. En estas entrevistas se recoge la trayectoria que siguió Camus, y la “estrategia” o línea argumentativa del pastor en su exposición de ideas y posturas.
Sin duda, un libro interesante, que arroja una luz muy diferente sobre la vida y obra de Camus y, en general, sobre la postura de un intelectual honrado ante la religión y el sentido de la vida.

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La peste, Albert Camus

Otra de las obras maestras de Camus, lectura obligatoria en los colegios franceses y, con seguridad, fuente casi inagotable de temas de debate, que van desde la interpretación misma de la obra —¿se trata de una alegoría de la Segunda Guerra Mundial?— hasta temas religiosos —¿existe algo así como una santidad laica?— y el tema recurrente en las obras de Camus, el sentido o sinsentido de la existencia. El planteamiento de la obra responde a la estructura de los dramas clásicos, con cinco actos diferenciados por las etapas de una epidemia de peste que azota la ciudad de Orán en los años 40 del siglo pasado.
Los personajes principales se presentan en el primer acto, incluyendo a Rieux, el médico y narrador, y van exponiendo sus pensamientos y su evolución a lo largo de los meses de la plaga. Como sucede en todas las obras de Camus, cada frase y cada opinión expuesta son importantes y dan pie a diferentes interpretaciones.
No le falta a la obra un cierto pesimismo de fondo, que va más allá de la evidencia de la enfermedad, y que se explica a partir de los años en que Camus escribió esta novela, que coinciden con la Segunda Guerra Mundial, las purgas de Stalin y el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Japón. No obstante, la incluiría en las obras de lectura obligatoria de cualquiera.

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