Doce reglas para vivir, Jordan Peterson


Aunque lo parezca por el título, no se trata de un libro de autoayuda. Comparte con este tipo de literatura el tono imperativo, los ejemplos de la vida real, incluso del propio autor, y la enumeración de reglas, doce en este caso, que deben ayudar al lector en su situación personal. Se le puede oponer que no es posible aconsejar del mismo modo a miles de millones de personas en circunstancias muy variadas. Por otro lado, los consejos son asequibles, en parte evidentes y nada indulgentes con el lector.
No es un tratado para “ser feliz sin esfuerzo”, sino todo lo contrario. A lo largo de todo el libro, que le leído en castellano y he escuchado en alemán, a veces simultáneamente, a veces por separado, Peterson describe el mundo real. Bueno, el mundo occidental real, desde la perspectiva de un psicólogo clínico, que recibe cada día en su consulta a personas con problemas, y que da clases en varias universidades, además de conferencias, seminarios, mesas redondas y mucho más.
La crítica de que ha sido objeto se centra en el modo apodíctico en que presenta determinadas tesis, sobre todo las derivadas de estudios neurológicos y sociológicos, en su apertura frente a una cierta transcendencia (en la que incluye tanto las religiones como tradiciones orientales y, su tema más auténtico, los mitos) y las conclusiones a las que llega, que chocan con el tono relativista que domina los medios de comunicación y con los temas impulsados por grupos de presión, como gender.
En sus explicaciones aparecen tanto textos bíblicos como budistas, tradiciones de los indios canadienses o cuentos como Hansel y Gretel y Pinocho. A partir de puntos de partida tan diversos como el hecho de que la mayoría de los pacientes no se atiene a las prescripciones de sus médicos sobre la medicación, mientras que aplican con rigor los consejos de su veterinario para tratar a su mascota, o la enfermedad sufrida por su propia hija, un tipo específico de artritis juvenil, va desarrollando y fundamentando sus 12 reglas, como antídoto contra el desorden, el caos, que tiende a dominar el mundo siguiendo las leyes de la entropía y que tiende a arrastrarnos a la infelicidad.
Como siempre sucede con estos libros, el lector va desarrollando su propias teorías a lo largo de la lectura, sea rechazando, sea aceptando los argumentos del autor. En cualquier caso, invita a pensar, que no es poco.

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