El miedo a los bárbaros, de Tzvetan Todorov

Acabo de terminar de leer El miedo a los bárbaros, de Tzvetan Todorov. Y está tan bien escrito, tiene una prosa tan fácil, que se puede leer en un par de tardes. Pero dice tantas cosas, y con tanta lógica, que, si te pones a pensar en ejemplos y en implicaciones, pasan un par de meses y no lo has terminado de leer. Es lo que me ha pasado a mí.

Porque El miedo a los bárbaros, escrito en esta época y con este título, sólo podía tratar del islamismo, el yihadismo, el EI, o cualquiera de sus otros nombres. Y los bárbaros del libro no son los “distintos” por su religión o su cultura, sino los “distintos” por su diferencia filosófica sobre la condición humana. Me explico:

Tzvetan Todorov es una búlgaro que emigró a París y que yo conocí a partir de sus estudios sobre el lenguaje y la crítica literaria, cuando estudiaba Filología Española. Es, por tanto, un relativista, un disidente de los totalitarismos, y una persona que ha vivido su cultura en otro país y ha “inventado” una cultura mestiza, como tantos inmigrantes. Porque cuando naces en – tienes- una cultura y luego asimilas otra, te haces con valores de ambas; y ésa es la primera enseñanza del libro: que las culturas son dinámicas, que cada persona es prácticamente una cultura, y que conceptos como cultura, Estado, nación, civilización, no son equivalentes.

A partir del hecho de que cultura es una cosa y Estado otra, y de que puede haber muchas culturas dentro de un solo estado (¿lo habrán pensado los catalanes alguna vez, que una cultura no tiene por qué crear un Estado?), comienza a explicar cómo las relaciones de poder (político) han manipulado, y siguen manipulando, la ideología, la religión, las creencias en general de los ciudadanos, con ejemplos concretos, como la guerra de Bosnia o la reacción del mundo islámico (y el europeo, de rebote) ante las caricaturas danesas de Mahoma. Y digo ciudadanos, y no “el pueblo”, como se decía en los años 70 y aún dicen algunos, porque cada persona es alguien independiente con derechos y obligaciones, y cuando nos convertimos en “masas” o “pueblo” perdemos ambas cosas, al menos como individuos.

Analizando el conflicto entre el concepto de cultura y el concepto de barbarie, da cuenta de un sentimiento profundo de los ciudadanos de los países llamados “emergentes” (es políticamente incorrecto decir “tercer mundo”, eso quedó atrás): el sentimiento de humillación, de ser ciudadanos de segunda, que sienten por no poder llegar nunca a la meta, y tampoco se sabe muy bien qué meta, lo que la hace más inalcanzable.

Porque el bárbaro es aquel que aplica a los demás lo que no quiere para sí mismo (que, por otra parte, es un concepto milenario, ya que está en el Nuevo Testamento cristiano), porque –y aquí está lo clarificador- porque no considera a los otros como pertenecientes a su mismo “género humano”. Recordemos que todavía no se ha asimilado en todos los grupos sociales el último y fundamental hallazgo del Genoma Humano: Sólo hay una raza, la raza humana.

Acerca de Isabel

lectora de novelas, preferiblemente con argumento, aunque después de muchos años me empiezan a gustar simplemente las bien escritas. Mayorcita, me ceden el asiento en el metro cuando no me tiño el pelo, y mi hija dice que soy friki. Yo me siento joven, lo que debe de ser típico de mi edad. Y como esto no es una novela, adiós, que me enrollo.
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