El otoño alemán, Eugenia Rico

Leí esta novela en 2006,  y, cuando comencé a subir comentarios a esta página, estuve a punto de hacerle una reseña, pero entonces me pareció que le faltaba «un poco» para merecerlo. En cambio, en estas fechas de crisis y euros, en las que todos sabemos algo de vanrompuys,  liberales alemanes, merkels, montis, draghis, esta novela es la perfecta parábola, sin pretenderlo la autora, de lo que nos está pasando. Y no es que se pudiera adivinar en aquel 2006, aunque quizás Eugenia Rico tuviera un palantir en su escritorio, pero los buenos autores algo se olfatean siempre. Y si no, que se lo digan a John Le Carré, que cada vez que escribe una novela parece una premonición de lo que va a suceder unos pocos años después.

Va  la parábola: una joven española conoce a un grupo de jóvenes alemanes, presentada por una amiga también alemana, y encaja inmediatamente: es joven, es exótica, es educada; es pobre, pero «da el pego»´; tiene un aspecto aristocrático, y es bella. Inmediatamente uno de los alemanes empieza a coquetear con ella:

– Merecerías haber nacido rica. Yo quiero concederte todos los deseos, todo lo que me pidas. Y recuerda que los alemanes sí hacemos lo que decimos.

– Pero nos iremos mañana…

– No, no os iréis mañana, porque yo no quiero

– Y ¿depués?

– Después invertiré en tí, porque eres un valor en alza…

El joven alemán, según va coqueteando con ella, se va enamorando, pero tiene una novia de toda la vida con la que mantiene una realación de dependencias de las que encandilan a los psiquiatras, relación dominador-dominado, o madre-hijo, con papeles que se intercambian a veces para no aburrirse de representar siempre lo mismo. Y al cabo de unos días, la novia aparece y se da cuenta. Y la española, fatalista y triste como buena española, que ya sabe lo que va a pasar -por fatalista y por triste-, se deja hacer… Y la echan del paraíso. 

Y colorín colorado….

O al menos, así es como yo la recuerdo.

Acerca de Isabel

lectora de novelas, preferiblemente con argumento, aunque después de muchos años me empiezan a gustar simplemente las bien escritas. Mayorcita, me ceden el asiento en el metro cuando no me tiño el pelo, y mi hija dice que soy friki. Yo me siento joven, lo que debe de ser típico de mi edad. Y como esto no es una novela, adiós, que me enrollo.
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