
Esta novela de Fernando Aramburo es la quinta entrega de una serie que él denomina «gentes vascas». Tengo que decir que tengo una especial afinidad por Fernando Aramburu, pues ambos llevamos más de 40 años viviendo mayoritariamente en Alemania y ambos hemos trabajado como traductores y hemos dado clase de castellano. Había leído su Viaje de Clara por Alemania y no me había gustado. Por eso me resistí inicialmente a hacerme con Patria y leerlo. Al cabo de un cierto tiempo, otro español, también escritor y con residencia en Alemania, me convenció para que lo intentara y me prestó su ejemplar. El relato, el modo en que está escrito y su acierto a la hora de describir el ambiente opresor en el País Vasco en la época más virulenta de ETA me convencieron plenamente. Después seguí leyendo otras novelas, que considero más o menos buenas.
Maite es el nombre de la protagonista. Una mujer de San Sebastián, que se ocupa de atender a su madre viuda, Manoli, y que recibe la visita de Elene, su hermana mayor, que vive en Estados Unidos desde hace 13 años, los mismos que lleva sin dejarse caer por su ciudad natal. La relación entre las tres mujeres y de dos de ellas con sus respectivos maridos son los temas básicos de una novela que se desarrolla en cuatro días que marcaron la historia moderna de Euskadi y de toda España: las fechas de julio de 1997 coinciden con el secuestro y el asesinato de Miguel Angel Blanco por parte de ETA. El toque intimista viene del lado de Maite quien, desde niña, se ha acostumbrado a evocar «castillos», ensueños en una especie de duermevela con relación a la realidad que la ocupa. También tiene la costumbre de entrevistarse a sí misma y responderse en voz alta.
He leído la novela con gusto, si bien me ha dejado un regusto distinto de las obras anteriores de Aramburu. No me parece tan redonda como otras, quizá por la dicotomía entre los dos vértices de la trama. Por un lado, las tres mujeres, muy distintas y sin embargo innegablemente una familia. Y por el otro, un atentado terrorista que tocó especialmente fibras muy sensibles en toda España y también en Euskadi. Sin revelar spoilers, tengo que destacar que este relato de Aramburu incluye mucha más «corporeidad» que otras obras suyas. El tacto, la comida, el contacto físico, ocupan un lugar predominante, nunca molesto, en la narración.
En definitiva, una buena novela sobre un tema que, a diferencia de lo que podría parecer, aún no está agotado. Esta novela permite percibir lo que alguien ha llamado la «cotidianidad del terrorismo» durante varias décadas en el País Vasco.
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