
El periodista, alpinista y escritor Jon Krakauer se hizo famoso por dos libros de investigación: Hacia rutas salvajes y Mal de altura. En ambos casos, se atrevió a publicar una versión propia y, en parte, de primera mano, de hechos trágicos profusamente difundidos por los medios: la historia de un joven que, tras deshacerse de todos sus bienes, inició una aventura en el norte del continente americano que acabó con su muerte, y el relato de una expedición comercial al Everest que, a resultas de una serie de decisiones equivocadas, condujo a la muerte de varios alpinistas y guías. Les siguieron un libro acerca del fundamentalismo religioso, centrado en los mormones, y ahora este libro.
El título contiene una cita de la Ilíada y se refiere a la lucha, como alabanza del guerrero. Pat Tillman fue un jugador de fútbol americano que, con un futuro prometedor por delante, decidió alistarse a las tropas de Estados Unidos a raíz de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Tanto en el campo de fútbol como en el ejército, Tillman destacó por su compromiso, su resiliencia, su camaradería y su espíritu positivo, incluso en situaciones aparentemente desesperadas.
Después de combatir en Iraq, fue destinado a Afganistán, como cabo primero de una compañía de rangers. Allí perdió la vida a causa, como se pudo constatar más adelante, de fuego amigo. Como suele suceder en este tipo de sucesos bélicos, la muerte fue la trágica consecuencia de una serie de decisiones erróneas o incluso antirreglamentarias, así como de la falta de experiencia de algunos de los combatientes y de las circunstancias específicas de la lucha contra guerrillas en el sur de Afganistán.
Lo que sucedió después, y lo que ocupa al autor y al lector durante la mayor parte del libro, son los intentos de ocultar la verdad, de instrumentalizar la muerte de Tillman para fines políticos o propagandísticos y de exonerar de culpa a los realmante responsables.
Al igual que me ha pasado con los otros libros de Krakauer, el derroche de páginas e informaciones del autor conduce al lector automáticamente a tomar una posición determinada. Es posible, e incluso probable, que esta posición sea correcta e incluso verdadera, pero en realidad nadie puede comprobarlo. La pérdida o destrucción deliberada de pruebas, la eliminación o la ocultación de comunicaciones, correos y documentos y la enorme influencia de la «cadena de mando» en las investigaciones hacen imposible llegar a una conclusión incontestable.
De todos modos, vale la pena leer el libro, que muestra cómo algunos o quizá todos los gobiernos gestionan la información que va en contra de sus propios intereses. ¿Es esto un motivo para perder la fe en nuestros sistemas, democráticos o no? Esa respuesta la tiene que encontrar cada uno.
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