El viaje de mi padre, Julio Llamazares


Junto a sus novelas, generalmente cortas, Julio Llamazares ha escrito varios libros de viajes. He leído algunos de ellos, y he podido comprobar que ha desarrollado un estilo propio dentro de este género literario, de gran raigambre entre los grandes escritores. Cabe mencionar sobre todo Las rosas de piedra y su secuela, Las rosas del sur, que contienen sus experiencias durante un periplo que le llevó a visitar todas las catedrales y concatedrales españolas.
En El viaje de mi padre, Llamazares recorre y describe la ruta que siguió su padre durante la Guerra Civil junto con su mejor amigo. Ambos habían fallecido ya en la fecha de aparición del libro. Una dificultad adicional para la escritura era que, como sucedió en muchos casos, los protagonistas no solían hablar mucho de sus experiencias bélicas. Por ese motivo, el autor ha tenido que apoyarse en los relatos del amigo de su padre y en informaciones recogidas aquí y allá siguiendo la ruta que emprendió su padre como «involuntario voluntario» a las órdenes de las tropas sublevadas. Es interesante anotar que el padre de Llamazares se alistó por propia iniciativa -en concreto, ahí donde le pilló la guerra, en este caso con los llamados Nacionales— para el cuerpo técnico de radiotransmisión, a fin de no ser llamado a filas obligatoriamente con su quinta y caer de ese modo en la Infantería. De ese modo, los dos amigos recorrieron en transversal y arrastrando su equipo de radio la parte norte de la Península, desde las montañas de León hasta el mar en Castellón de la Plana, pasando calor en verano y mucho, mucho frío en invierno durante la batalla de Teruel, y mucho peligro en la sierra del Espadán, entre las provincias de Castellón y Valencia, en donde salvaron la vida gracias a su picardía.
Llamazares ha desarrollado en sus viajes dos propiedades indispensables para este tipo de escritura: la capacidad de entablar contactos personales y recabar, o más bien sonsacar, información relevante de las personas que viven en los lugares que visita, y su valentía para dejar flecos sueltos cuando no es posible obtener más datos con los medios disponibles. Esta segunda habilidad es algo que deberíamos aprender todos en distintos ámbitos.
En cualquier caso, algo más que otro libro sobre una guerra que nos va a seguir persiguiendo durante mucho tiempo.

Lo que opinan los demás:
«Con su habitual estilo, trufado de la prosa aparentemente sencilla de los grandes narradores, pespuntea un paisaje que es espejo de una memoria personal y colectiva». Raúl Conde, El Mundo
«La subjetividad impregna de emotividad la doble estampa de la barbarie bélica y de la soledad rural». Santos Sanz Villanueva, El Cultural

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