El viejo y el mar, Ernest Hemingway


Si se elaborara un elenco de los mejores libros cortos escritos en los últimos siglos, no me cabe duda de que El viejo y el mar debería formar parte del mismo. La última novela publicada por este escritor le llevó a ganar el premio Pulitzer en 1953 y, un año más tarde, el Premio Nobel por su obra completa. Para mí, este libro es una obra imprescindible para cualquier aficionado a la lectura. Y es mucho mejor que la película con el mismo nombre que, necesariamente, carece de muchos elementos de la novela, aunque añade efectos visuales.
La historia es muy sencilla. Santiago, un viejo pescador cubano, lleva 84 días sin pescar nada a pesar de salir todas las noches a la mar. El chico que solía acompañarle ha sido captado para otro barco, pues el viejo tiene fama de estar «salao», es decir, gafado. El día 85 de esta mala racha, Santiago se hace a la mar y echa los anzuelos como de costumbre a pesar de haber dormido mal y de haber comido muy poco. Tras varias falsas alarmas, se da cuenta de que algo muy grande ha picado. A partir de ahí comienza la lucha a vida o muerte entre el pescador y un marlín, un pez espada descomunal de más de cinco metros y medio de largo, más que el esquife de Santiago. Una vez que ha mordido, el pez arrastra la nave con ayuda de la corriente del Golfo, alejándolo de tierra firme a lo largo de dos días. Al final, ya cansado, el pez se abarloa con el esquife, y Santiago consigue matarlo de un arponazo en el corazón. Una vez dada la vuelta y soltada la vela, Santiago se da cuenta de que la lucha aún no ha terminado: la sangre del pez atrae a tiburones de distintas especies.
Ya había leído de niño este libro, y conozco la película. Ahora he escuchado el audiolibro de un solo tirón durante un paseo cerca del Rhin, con tiempo soleado y temperaturas por debajo de cero. Y lo he disfrutado como la primera vez, a pesar de conocer ya el desenlace y muchos de sus detalles.
No quiero decir más: quien no lo haya leído todavía, ­¡que lo haga!

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