El último barco, Domingo Villar


La maquinaria publicitaria que ha lanzado este libro es un ejemplo de cómo funciona hoy en día el mundo editorial. El autor lo conoce, conoce el mundo de la prensa y de los medios, y sabe cómo preparar una entrada en el mercado. No quiero con ello quitar mérito al libro, ni mucho menos, pero tengo que reconocer que me ha irritado un poco el peso mediático. Las dos novelas anteriores me gustaron mucho, y este es el motivo por el que me enfrenté a las 700 páginas de la novela.
Los protagonistas son conocidos, especialmente el inspector Leo Caldas, su ayudante Estévez, otros miembros de la comisaría y el locutor de la emisora local que dirige la emisión radiofónica en la que Caldas se enfrenta a las preguntas de radiooyentes. Todo este escenario, con el fondo de la ría de Vigo, sirven de paisaje y de tramoya a una narración que comienza lenta, va acelerando y acaba en una sucesión imprevista de acontecimientos. Las conocidas citas lexicográficas interrumpen como de costumbre la narración a modo de «running gag». Según el propio autor, cada capítulo tiene una cierta entidad propia. En la práctica, la separación resulta a veces artificial y molesta.
La trama: un prestigioso cirujano acude a la comisaría a denunciar la desaparición de su hija Mónica, de unos 30 años de edad, profesora de cerámica en una escuela local de artes y oficios. A primera vista no parece motivo para iniciar una investigación, pues no hay huellas de violencia. El cirujano hace valer toda su influencia para que se investigue el asunto. A lo largo de muchas páginas van apareciendo personajes que pudieran estar implicados, desde un inglés, fotógrafo aficionado a las aves, hasta los contactos en la Escuela y Camilo, un joven «especial» con dificultades de comunicación que vive cerca de la desaparecida.
Los posibles móviles, la insistencia del cirujano, las dificultades para obtener información objetiva y la intuición del inspector van guiando a bandazos un proceso en el que suceden los sospechosos a un ritmo vertiginoso. Las particularidades de la investigación policial, con el papel de la justicia, el paisaje de la ría de Vigo, el viñedo del padre de Caldas y la supuesta reticencia a la comunicación directa que hace sufrir al aragonés Estévez son otros elementos de una novela en general agradable de leer, pero nada más. El desenlace me parece demasiado forzado.

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Los colores del incendio, Pierre Lemaitre


Pierre Lemaitre ha demostrado con creces su habilidad para montar novelas con personajes insólitos y tramas aventuradas pero, al mismo tiempo, factibles. Esta obra se presenta como segunda entrega de una trilogía sobre la época entreguerras en Francia. La primera es la premiada novela «Nos vemos allá arriba». En efecto, la trama narrada comienza en 1927 y finaliza en 1936. Se trata, por tanto, de los años de las crisis económicas, de la inestabilidad política, del surgimiento de los fascismos en varios países europeos y de la amenaza del nacionalsocialismo de Hitler. La protagonista de la novela, Madeleine Péricourt, lo expresa así cuando constata que su inquilino se niega a pagarle el alquiler, que ella y su hijo necesitan para sobrevivir: «estos tiempos son especialmente brutales». Y así es la novela. Brutal, aunque no abunden escenas de violencia. Inmoral en el sentido más amplio de la palabra, pues lleva al lector a identificarse con las fechorías de la protagonista, suavizadas por un tono a veces divertido e incluso grotesco.
Madeleine Péricourt es la hija del presidente de un banco privado. Divorciada, con el ex-marido en prisión y un hijo a su cargo, lleva una vida opulente en una sociedad en crisis. La novela comienza el día del entierro del banquero, que recibe incluso la visita póstuma del Presidente de la República. En medio de la ceremonia, su hijo Paul se tira desde el segundo piso de la mansión, salvando la vida pero quedando hemipléjico. A partir de ahí, la vida de Madeleine da un vuelco a peor. Sus supuestos amigos y protectores comienzan a darle la espalda, al igual que la suerte. En un momento determinado, consciente de la situación en que se encuentra, urde una venganza contra todos aquellos que, a su modo de ver, no la han tratado honradamente.
La novela se lee con gusto desde el punto de vista narrativo. La trama es ágil, con ciertas dosis de intriga, y se desarrolla en una época histórica de gran importancia. Muchas referencias y personas son difíciles de captar para quien carece de conocimientos de estos años. El decorado lo ponen la Alemania de Hitler, los fraudes empresariales y fiscales, el poder de la prensa, la corrupción a todos los niveles, el permisivismo sexual, aunque sin descripciones explícitas, y la hipocresía de toda una sociedad. Puede decirse que de esta depravación y este cinismo no se salva ni el apuntador. En definitiva, nada que no exista ya, en parte, en la primera novela premiada de Lemaitre «Nos vemos allá arriba».

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Expiación, Ian McEwan


Esta larga obra contiene una novela tradicional inglesa, una apología contra la guerra y una bella descripción del arrepentimiento y la expiación de una joven enfermera, perseguida por los remordimientos tras haber enviado a prisión con su testimonio a un joven inocente. Todo ello en torno a un personaje inolvidable como protagonista, la pequeña Briony Tallis, que de pequeña sueña con ser escritora y al final lo consigue. El libro es, al mismo tiempo, un homenaje a Virginia Woolf y, de algún modo, a Jane Austen.
La primera parte de la novela transcurre en un solo día de verano en la casa solariega de la familia Tallis y es una obra de arte por su densidad y sus personajes. La segunda describe la retirada de las tropas inglesas hacia Dunkerke en el año 1940, con toda su carga de crudeza y desesperación. La tercera nos presenta a Briony trabajando de enfermera en 1940, poco antes de la entrada de Inglaterra en la Segunda Guerra Mundial, y su deseo de expiación. El epílogo nos sitúa de nuevo en una perspectiva elevada, y anciana, con reflexiones acerca de la responsabilidad del autor por sus personajes y por los límites de la expiación por los propios errores.
Muy buena novela, que vale la pena leer con tiempo suficiente.

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Tú no matarás, Julia Navarro


Posguerra en Madrid. Catalina, una chica algo coqueta de buena familia, queda embarazada después de una fiesta en la pradera de San Isidro. Fernando, que la adora en secreto, ha visto cómo ésta se separaba de Marvin, un joven americano ex-combatiente con la República. Un tercer amigo, Eulogio, ve cómo su madre se ve obligada a ceder a las insinuaciones de un tendero, nuevo rico gracias al estraperlo y a sus contactos con el bando vencedor. Cuando el padre de Fernando es fusilado en la cárcel de las Comendadoras, se aceleran los acontecimientos, y los tres jóvenes deciden salir de España. El viaje los lleva a Alejandría y más tarde a París.
Tengo que reconocer que empecé a leer este libro a pesar de las críticas que había leído. El estilo de Julia Navarro, al menos en las obras anteriores, puede resultar cansino. Las historias se largan de forma exagerada, las conversaciones se repiten, no se distingue a los personajes por su forma de expresarse, el contexto histórico no armoniza siempre con la trama literaria, de modo que esta última aparece algo desparramada a lo largo de muchos años.
No faltan tampoco los elementos positivos, como las figuras de Samuel y Sara Wilson, o la de la bailarina Zahra. El lector que consigue superar las páginas y los saltos en el tiempo —especialmente el que convierte a Adela, la hija de la protagonista, de una niña de instituto en una mujer de 36 años, emancipada, con éxito y segura de sí misma— encuentra en la figura de Fernando huellas del Raskolnikov de Dostoyevski. La tozudez de Catalina, que puede poner de los nervios al lector, encuentra un giro interesante al final de la novela, y el tratamiento de la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial es menos estereotípico que en las anteriores novelas de esta autora.
Julia Navarro es de mi generación, y como tal conoce las dos guerras, la anarquía prebélica en España y la represión franquista de oídos y de referencias. Las madres de Catalina y Fernando expresan en las últimas páginas algunas ideas políticas sobre la llamada transición que, probablemente, comparte la autora.
En definitiva, la novela puede resultar atractiva si no se esperan grandes derroches literarios.

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El vendedor de tabaco, Robert Seethaler

Buena novela del autor austríaco Robert Seethaler, que describe el ambiente local en Viena en los años 1937/38, antes y después de la anexión de Austria por parte de la Alemania de Hitler. A diferencia de Alemania, donde el tema de la desnazificación se ha impulsado y asumido por activa y por pasiva, en Austria se ha procurado ignorar este capítulo, incluyendo la aceptación del dominio nazi por parte de muchos grupos en este país. La ideología nazi se impuso en Austria de la noche a la mañana, con toda la fuerza militar que había desarrollado Alemania en 1939, y apoyada por el hecho de que Hitler hubiera nacido en Braunau, una localidad austríaca cercana a la frontera con Alemania.
La novela narra los años de maduración de Franz, un chico de la provincia de Salzkammergut (cerca de Salzburgo), que es enviado por su madre a Viena como aprendiz de una tienda de tabaco y periódicos. Su primer trabajo, su primera salida «del pueblo», sus primeros amoríos y su primer amigo auténtico, nada menos que Sigmund Freud, marcan la vida de Franz y la trama de la novela, escrita con una prosa directa y ágil. En la versión alemana se aprecia claramente el dialecto austríaco.
Novela sin grandes pretensiones, al igual que otras obras de este autor, pero agradables de leer. La película basada en esta novela explota los aspectos más «comerciales» de la novela, como el militarismo, las insignias nazis, los paisajes alpinos y los escarceos sexuales de Franz con una joven checa que trabaja en un cabaret.

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Silencio, Shusaku Endo

Esta novela, escrita hace unos 50 años por el escritor japonés Shusako Endo, ha sido relanzada y traducida a nuevos idiomas con ocasión de la aparición de la película de Martin Scorsese en el año 2017. Como es habitual, el libro es más intenso y extenso que la película, en la que las impresiones visuales prevalecen sobre los pensamientos y las sensaciones de los protagonistas.
Corre el año 1638. El misionero jesuíta portugués Sebastián Rodríguez llega a Macao junto con otros dos jesuítas para intentar entrar en Japon, que ha cerrado oficialmente sus fronteras y ha prohibido el cristianismo. Además de atender a los cristianos ocultos que todavía permanecen en ese país, en general campesinos humildes explotados por el régimen feudal durante el shogunato, van a intentar localizar al padre Cristóbal Ferreira, antiguo general de la orden en Japón, del que se comenta que apostató y que ha comenzado una nueva vida en Japón. Tras una difícil travesía, Rodríguez y su compañero Garpe consiguen desembarcar en una isla cercana a Nagasaki, en donde entran en contacto con algunos cristianos. Pero esta situación dura poco. Delatado por un cristiano apóstata japonés denominado Kichijiro, Rodríguez es detenido y comienza un largo proceso de interrogatorios y amenazas, en parte sutiles, por parte del gobernador de la provincia. El jesuíta es testigo del martirio de tres de los cristianos que conoció inicialmente, junto con el padre misionero Francisco Garpe. A lo largo de su encarcelamiento, su traslado a la corte del gobernador y las conversaciones con Ferreira, que acude enviado por el gobernador, Rodríguez va perdiendo su fuerza interior y resignándose a que la fe cristiana no eche raíces en Japón. En el libro se dejan abiertas algunas interrogantes, como la apostasía efectiva o solo formal de Rodríguez. Se trata de una novela dura, con dos personas muy diferentes como protagonistas, el padre Rodríguez y Kichijhiro, que trata temas como la firmeza en la fe, la debilidad ante el martirio y las dificultades de la labor misionera. El happy end que se echa de menos en una novela son los «cristianos ocultos», que soportaron un periodo de dos siglos de aislamiento y que salieron de nuevo a la luz a finales del siglo XIX.

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El existencialista hastiado, Howard Mumma

En el caso, poco probable, que alguien haya leído mis dos últimas entradas en este blog, se habrá dado cuenta de que he releído y reseñado las dos obras más emblemáticas de Camus. El motivo era este tercer libro, aparecido ahora por primera vez en castellano (título original en inglés: Albert Camus and the Minister, 2000). La presentación es muy atractiva: conversaciones de un pastor metodista con uno de los iconos del existencialismo, supuestamente ateo y comunista, que murió con solo 47 años en un accidente de tráfico.
Quienes conozcan algo más que lugares comunes sobre Camus sabrán que, a diferencia de Sartre, el escritor francés del norte de África se distanció oficialmente del «existencialismo» y de la ideología comunista. No obstante, sus escritos destilan un existencialismo peculiar, con tintes muy propios. También es sabido que en los últimos años de su vida se acercó mucho a la religión católica, en la que estaba bautizado, y que en sus conversaciones con intelectuales conocidos como Simone Weil, Sartre y Simone de Beaouvoir asumía posturas contrarias al «ateísmo dogmático».
Howart Mumma, pastor metodista, ofició en la Iglesia Americana en París durante varios años y en veranos sucesivos en la década de los 50. Durante este tiempo entabló amistad con Albert Camus, que había acudido a la iglesia para escuchar música de órgano.
La primera mitad del libro es una introducción a la vida y obra de Camus. La segunda mitad recoge las anotaciones del pastor protestante sobre sus conversaciones con Camus. En estas entrevistas se recoge la trayectoria que siguió Camus, y la «estrategia» o línea argumentativa del pastor en su exposición de ideas y posturas.
Sin duda, un libro interesante, que arroja una luz muy diferente sobre la vida y obra de Camus y, en general, sobre la postura de un intelectual honrado ante la religión y el sentido de la vida.

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La peste, Albert Camus

Otra de las obras maestras de Camus, lectura obligatoria en los colegios franceses y, con seguridad, fuente casi inagotable de temas de debate, que van desde la interpretación misma de la obra —¿se trata de una alegoría de la Segunda Guerra Mundial?— hasta temas religiosos —¿existe algo así como una santidad laica?— y el tema recurrente en las obras de Camus, el sentido o sinsentido de la existencia. El planteamiento de la obra responde a la estructura de los dramas clásicos, con cinco actos diferenciados por las etapas de una epidemia de peste que azota la ciudad de Orán en los años 40 del siglo pasado.
Los personajes principales se presentan en el primer acto, incluyendo a Rieux, el médico y narrador, y van exponiendo sus pensamientos y su evolución a lo largo de los meses de la plaga. Como sucede en todas las obras de Camus, cada frase y cada opinión expuesta son importantes y dan pie a diferentes interpretaciones.
No le falta a la obra un cierto pesimismo de fondo, que va más allá de la evidencia de la enfermedad, y que se explica a partir de los años en que Camus escribió esta novela, que coinciden con la Segunda Guerra Mundial, las purgas de Stalin y el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Japón. No obstante, la incluiría en las obras de lectura obligatoria de cualquiera.

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El extranjero, Albert Camus

No voy a descubrir ahora a Albert Camus, que leí ya en el colegio y que recibió el Premio Nobel en 1947. Esta novela, escrita en 1942, ha sido considerada por muchos especialistas y medios una de las 100 obras maestras de la literatura universal. Yo no voy a poner esto en duda, ni afirmarlo, pero no cabe duda de que es una obra literaria muy especial. El lenguaje crudo, sin ornato alguno, hace que todas las frases adquieran una gran relevancia. La narración comienza con la muerte de la madre del protagonista, Mersault, que escribe en primera persona. A lo largo de varias páginas nos va confiando sus pensamientos y emociones o, más bien, su ausencia de emociones. En sus acciones se deja llevar por las circunstancias, sin desarrolar una iniciativa propia y sin valorar las circunstancias que lo envuelven.
Mersault es aparentemente incapaz de entusiasmarse o de sentir aversión por nada. Tampoco es capaz de comprender el entusiasmo de los demás. Todo lo que sucede le parece sin importancia, desde el fallecimiento de su madre hasta una relación con una mujer, a la que desea cuando se encuentra con ella, pero por la que no posee más sentimientos. Siempre dispuesto a ayudar a sus vecinos, se presta a escribir una carta en nombre de uno de ellos, un proxeneta. Esto desencadena una serie de acontecimientos que lo llevan a matar, en principio en defensa propia, a un árabe que le amenazaba con un cuchillo en la playa.
Su falta de sentimientos, «su falta de alma» en palabras de la acusación durante el juicio, se vuelve en su contra en un proceso que, por otro lado, le deja indiferente. La única vez que el protagonista se exalta es en una conversación con el capellán del penal, poco antes de aceptar su destino.
Camus concentra en las breves páginas de la novela la sensación de vivir en un mundo absurdo (no puede olvidarse que la novela es escribió en medio de la Segunda Guerra Mundial). Si se lee con atención, dejando por un momento de lado las costumbres lectoras de nuestros días, que nos llevan a buscar el siguiente hito de la trama o, al menos, la siguiente frase ingeniosa, se capta el abismo que encierran las páginas. Por citar solamente un detalle: la única sensación de Mersault al pensar en la guillotina que le espera es la decepción, al enterarse de que no subirá al cadalso ni será decapitado por una enorme máquina, sino que más bien se trata de un acto administrativo, casi a escondidas, y acaba el libro esperando que haya muchos espectadores que le demuestren su odio.

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Icaria, Uwe Timm

El autor de esta novela, Uwe Timm, nació en 1940 en Hamburgo y vivió por tanto en primera persona la posguerra de la Segunda Guerra Mundial en Alemania. Como muchos intelectuales de su generación, asumió una postura política de izquierdas y estudió en profundidad la historia de Alemania, como reacción a los hechos y las ideas que llevaron a la barbarie nazi y con el deseo de comprender cómo fue posible.
El tema de fondo es la ideología racial y las políticas de «higiene racial» y depuración de lo que se llegó a llamar «vida sin valor de ser vivida», es decir, aquella que no coincidía con el ideal de salud e «idoneidad» de la supuesta raza dominante. Lamentablemente, este tema queda demasiado corto en la novela.
La narración está ambientada en el sur de Alemania en 1945, en los últimos días de la guerra y en la fase inicial de reorganización de la vida civil bajo la ocupación de las cuatro potencias aliadas. El protagonista, Hansen, lingüista alemán emigrado de niño con su familia a Estados Unidos, vuelve a Europa como oficial de la Army. Tras una leve escaramuza en la que se ve envuelto por casualidad, recibe el encargo de analizar el legado de Alfred Ploetz (1860-1940), médico y eugenista alemán que preparó y a continuación orientó las políticas raciales durante el Tercer Reich. Para ello, aparte de visitar su laboratorio y su vivienda, Hansen entrevista a Wagner, un octogenario que fue discípulo y amigo de Ploetz en sus primeros tiempos, aunque luego se distanciara e incluso sufriera persecución por parte de los nazis. Tanto Hansen como Wagner son personajes ficticios, a diferencia de muchas otras personas que aparecen en la novela, que son reales. Una de la actividades conjuntas de Wagner y Ploetz fue la visita a comunidades derivadas de “Icaria”, un país utópico comunitarista y pacifista concebido en 1850 por el francés Cabet. Ambos se ven decepcionados por los resultados de estos experimentos, y los atribuyen a motivos diferentes. Para Ploetz, todo progreso debe ir ligado a una mejora de la raza para eliminar elementos negativos. El darwinismo, las ideas comunitarias y el convencimiento de la superioridad de un tipo determinado de estirpe sobre las demás constituyeron el fundamento de las políticas raciales de los nazis, incluyendo la eliminación de judíos y gitanos, la esterilización y la eutanasia de personas con discapacidades.
Gran parte de la novela consiste en diálogos entre Wagner y Hansen, en los que se mezclan las ideas de Ploetz con descripciones históricas de la época (incluyendo el imperio alemán, la República de Weimar, el Terror nazi y las dos Guerras) y otros pensamientos de Wagner, un socialista convencido. El resto son descripciones de la vida en la Alemania a partir del «día cero» y la conducta de los vencedores. La trama es mínima y se reduce a las aficiones de Hansen y George, otro oficial norteamericano, encargado de investigar a los médicos que realizaron experimentos humanos en los campos de concentración.
La novela resulta algo larga, las entrevistas derivan con frecuencia en temas de escaso interés, y el tema que da nombre al libro, las utopías de tipo igualitario, queda demasiado corto. Se mencionan solo de paso algunos ejemplos que sí funcionaron, especialmente las de carácter religioso, como los menonitas o los amish en Estados Unidos. No obstante, en la novela se mezclan temas de gran interés que, al menos, pueden hacer reflexionar.
Es posible que la novela sea difícil de seguir para alguien que no conozca la historia de las ideas en la segunda mitad del siglo XIX y el comienzo del siglo XX. La traducción es buena y, no obstante, se aprecian las limitaciones que tiene una lengua diferente de la original a la hora de reflejar conceptos de gran relevancia en las ideologías de ambos siglos. A Hansen, por ejemplo, le vienen a la cabeza solamente los animales al oír hablar de “pureza de raza”.

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