Siempre me han gustado los libros de memorias, se llamen El libro de mi amigo de Anatole France o El balcón en invierno de Luis Landero, pero éste va mucho más allá. Porque usa su memoria (en realidad no es un libro de memorias, es un libro escrito desde la memoria) para no sólo narrar una época muy extensa, con sus saltos atrás de padres, tíos, abuelos, o para hacernos un retrato del «novelista adolescente», parafraseando a Sender, sino que traza unas relaciones entre personajes que calientan el alma por su profundidad y su atracción para sumergirnos en un mundo, el de los años setenta, tan convulso pero tan sugerente a la vez para muchos de nosotros.
Es ésta una novela coral, y creo que lo hace a propósito, como queriendo contrastar las emociones de la adolescencia con las de la senectud: En la adolescencia, Marina tiene un «novio» mayor, y para ver a su «novio» mayor se maquilla, se pone tacones y minifalda y oculta todo lo que puede su adolescencia. Marina, a su vez, es el gran amor de Manuel, compañero de instituto que se pasa las tardes rondando la casa de Marina, muy lejos de la suya, porque él pertenece a la «poblacion proletaria» de Mágina y Marina, no. Manuel, a su vez, narra la novela desde un estatus de adulto en su encuentro con Nadia, que también vivió en Mágina y, a su vez, se enamoró de «El Praxis», un profesor del instituto opositor al régimen, cobarde y convencional, que tiene una «compañera», como se supone que tenían que tener los progres, lo cual no le impide liarse con Nadia…
En el ocaso de la vida, sin embargo, todo se ve muy distinto: Aquí se pregunta cada uno qué momento de valor tuvo que hizo de su vida algo digno y no un continuo pasar sin pena ni gloria, ni siquiera un poco de dignidad por estar haciendo lo correcto sino una serie de actos debidos o esperados que no llevan a ninguna parte, ni siquiera al respeto ajeno. Y aquí los personajes creo que todos se redimen, aunque algunos un poco menos que otros. Se redime el subcomisario de una vida anodina y acobardada por sus subordinados, que no le respetan, cuando consigue recobrar su autoridad -su dignidad- para devolver la libertad a la hija del hombre que le había salvado la vida, detenida por la político social de Mágina; se redime el fotógrafo anodino, siempre seguidor de su maestro desaparecido y sin ideas propias, cuando rescata para el exiliado vuelto al pueblo sus fotografías de cuando era el comandante fiel a la República Y se redime el comandante exiliado y retornado cuando recuerda, gracias a esas fotografías, su momento de fidelidad, único momento de rebeldía de una vida hasta entonces anodina y previsible, momento que le lleva al exilio pero al que no renuncia, porque es el único en el que ha decidido él, y no las normas, ni lo establecido, ni lo que se esperaba de él, sino él mismo en un acto único de voluntad que no se vuelve a repetir.
Otro punto magistral es la descripción de sentimientos, con los que no tengo por menos que sentirme identificada: La ansiedad, la no-pertenencia a ninguna parte, la distancia emocional con los tuyos, a los que ya no entiendes aunque les quieras, son magistrales, y cualquiera de nosotros nos podemos ver reflejados al leer sus páginas.
En fin, seguro que se me olvidan muchas cosas, como lo que me he divertido comparando la música que oye el prota y la que oía yo, y a lo mejor hago una segunda parte, porque sólo voy por la página 400 de 600. Aunque creo que no hace falta torturaros con otro comentario. Disfrutad de la novela,
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